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19 de diciembre de 2005

Libertad: verdadera política obrerista

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Por Alberto Benegas Lynch

Revista Topicos de Actualidad
Año: 5, Abril 1963 No. 59
CEES

(Tomado de la Rev. Bancaria, Sept.-Oct. de 1962) - Fuente: Centro de Estudios sobre la Libertad, Buenos Aires, Argentina.

Todo lo que un buen gobierno puede hacer para mejorar el bienestar material del pueblo es establecer y preservar un orden institucional en el que no haya obstáculos para la progresiva acumulación de nuevo capital, requerido para el mejoramiento de los métodos tecnológicos de producción. Esto es lo que el capitalismo logró en el pasado y logrará también en el futuro, siempre que no sea saboteado por una mala política. Ludwig von Mises.

En las sociedades modernas, los obreros representan un sector muy numeroso de la población. La generalizada preocupación por su suerte es, pues, algo natural y, desde luego, muy plausible.

Desafortunadamente, tan legítima preocupación, compartida por toda persona de bien, no siempre está orientada acertadamente respecto a los medios elegidos, para procurar que las condiciones de vida de los sectores populares alcancen los más altos niveles permitidos por el grado de adelanto de la técnica.

Camino errado

Desde tiempo atrás, la opinión dominante ha venido considerando conducente a dicha finalidad la interferencia coercitiva en la fijación de salarios, tanto por medio de la directa intervención del Estado, como mediante la acción sindical. Ello es así no obstante que ambos métodos, además de ser compulsivos, repugnan a la teoría económica, por cuanto producen efectos contrarios a los perseguidos por sus sostenedores, determinando, en lo concerniente a los trabajadores anhelosos de trabajar y ganar salarios, un estado de cosas peor que el que se procuraba mejorar. En efecto, toda vez que se provoca una general elevación artificial de salarios, manteniéndose éstos encima de los niveles libremente fijados por la oferta y demanda de mano de obra, la consecuencia es el desempleo institucional(1). Si la desocupación suele evitarse mediante inflación monetaria, es porque esta última rebaja los salarios reales, en la medida en que fueron aumentados los nominales, con todas las nefastas consecuencias de diverso orden que la inflación produce. Así lo han puesto de manifiesto economistas y pensadores eminentes, efectuando las comprobaciones respectivas, en los campos de la teoría y de la experiencia histórica. En numerosas obras de carácter general y especializadas en la materia (2), los efectos perniciosos de las interferencias coercitivas en el mercado del trabajo han sido destacados con la autoridad que confiere la reconocida jerarquía intelectual y científica de sus autores. Basta mencionar, a este respecto, los nombres de Von Mises, Hayek, Robbins, Machlup, Benham, Read, Harper, Hutt y Hazlitt. Sus conclusiones sobre tan fundamental problema, no han sido refutadas con éxito en el terreno científico.

Persistencia en el error

Sin embargo, persiste en muchos la creencia equivocada en la eficacia de los métodos coercitivos para mejorar el bienestar material de los obreros. Ella sigue contando con apoyos considerables en la opinión, no obstante las conclusiones en contra de dichos métodos coercitivos, a que se ha llegado en el terreno científico. Aun en quienes censuran severamente los excesos del intervencionismo estatal y del sindicalismo suele existir una recóndita aceptación de la supuesta bondad de una moderada acción coercitiva del Estado y de los sindicatos en el mercado de trabajo. De ahí que la política supuestamente obrerista más en boga siga siendo la que confía en las prácticas compulsivas.

Consiguientemente a la circunstancia señalada precedentemente, a quienes se oponen a la referida interferencia coercitiva en el mercado de trabajo se les suele hacer aparecer como si fueran contrarios al interés obrero. Llegándose incluso hasta a tildar de reaccionarios a quienes se resisten a compartir la errónea, aunque común creencia, de que el bienestar material del pueblo puede realmente ser mejorado distorsionando compulsivamente el mercado de mano de obra, con leyes y decretos gubernamentales o mediante la coerción, intimidación y violencia, emergentes de amenazas de huelgas o de la realización de éstas.

Causas ciertas de progreso económico

Si el progreso económico y la consiguiente elevación del nivel de vida obrero suelen operarse a veces, no obstante las interferencias referidas, ello ocurre por la potente acción de otras causas. Dicho progreso, aunque retardado entonces por los factores adversos señalados, ha sido posible gracias a que, paralelamente, ha podido producirse mayor acumulación de nuevo capital que el ritmo de crecimiento de la población, cuyo capital realiza trabajos que el hombre no podría realizar por sí mismo y, a la vez, ha hecho posible el aumento de la productividad del trabajo que el hombre ejecuta.

Las causas ciertas y principales que determinan el mejoramiento del nivel de vida popular son, pues, las crecientes inversiones, hechas posibles por la acumulación de nuevos capitales que permiten multiplicar la productividad del hombre y de los recursos naturales. Es en estas causas verdaderas en donde radican la auténtica fuerza y el factor insustituible determinante del progreso económico y social de las masas humanas. El hombre ha trabajado desde que existe. Pero sólo cuando tuvo a su servicio los enormes capitales producidos y acumulados después de la era precapitalista, su nivel de vida pudo mejorar considerablemente, impulsado por el genio individual y la liberación en gran medida de las energías creadoras del hombre. Como muy bien dice el distinguido abogado y economista mexicano, licenciado Gustavo R. Velasco: «No son la legislación obrera ni el apremio de los sindicatos los que han elevado los salarios (3), acortado las horas de esfuerzo y permitido que salieran de las fábricas las mujeres y los niños. Si los salarios han subido, si el trabajador tiene más tiempo libre y si ha dejado de ser preciso el trabajo infantil y femenino, ha sido gracias al aumento de productividad por hombre y por hora. A su vez, esa mayor productividad ha sido resultado del adelanto científico y tecnológico, aplicado y utilizado gracias a las enormes inversiones que la acumulación del capital ha hecho posible. El razonamiento que ve el progreso económico, ve la legislación del trabajo, y concluye que aquél es producto de ésta, peca por simplista y vicioso. Su fundamento es tan sólido como la creencia del gallo de la fábula de que su canto hacía salir el Sol» (4)

Afirmar las instituciones libres

La política realmente obrerista, en cuanto ella es la que más conviene al obrero y a los demás sectores sociales, consiste en hacer efectivo el orden institucional a que se refiere el profesor von Mises en la sentencia que sirve de epígrafe a este trabajo.

Dicho orden institucional supone la existencia, entre otras instituciones, de un mercado sin trabas que se oponga al intercambio libre de productos y servicios. Entre estos últimos, el trabajo que el obrero vende debe, por tanto, gozar igualmente de plena libertad para su intercambio. Libertad para que el trabajador elija el lugar y la clase de trabajo; libertad para asociarse a fin de negociar colectivamente las condiciones de trabajo, de hacerlo con otros fines lícitos, o de no asociarse con nadie; libertad para no trabajar; cuando circunstancial mente prefiera permanecer inactivo; y, lo que no es menos importante, libertad para aceptar o rechazar el salario que se le ofrece por su trabajo. Correlativamente, quien desea o necesita comprar el trabajo que vende el obrero, es decir, el empleador, debe también gozar de la misma libertad de aceptar o rechazar el precio y demás condiciones que el obrero pide por su trabajo.

Cabe hacer notar de paso que, aunque el salario aparezca comúnmente como objeto de disputa entre empleador y empleado, el primero es sólo un intermediario entre el segundo y el consumidor. El consumidor es quien carga en definitiva con el salario, cuando debe pagar el precio del producto, a que en este precio está involucrado aquél, junto con los demás elementos del costo.

En otras palabras, en una sociedad libre, las libertades de trabajar y de contratar son efectivas. Los contratos de trabajo resultan de acuerdos libres de voluntades, no sujetas éstas a ninguna coacción. Las partes pueden optar libremente entre el contrato colectivo y el individual. Así conviene que sea, para bien de todos los sectores sociales. En primer término para bien del sector obrero, que es el que en definitiva más pierde cuando se dificulta el funcionamiento de las instituciones libres.

No pueden esperarse los beneficios fecundos de la libertad, ni pretenderse la existencia de una economía de mercado, por el solo hecho de que sean libres los precios de los productos intercambiados. No existe economía de mercado en tanto que el precio del trabajo no sea libre y por el contrario, esté coercitivamente distorsionado. Por supuesto, no es tampoco únicamente la existencia de precios libres para productos y trabajo lo que caracteriza el orden institucional que asegura el clima necesario para la real vigencia de la libertad económica. El programa de la libertad constituye un todo indivisible, cuyas partes están condicionadas unas a otras. Es fundamental, por ejemplo, que la propiedad privada esté garantizada en sus atributos esenciales contra cualquier exceso o desmán de gobernantes paternalistas inspirados en el colectivismo, que circunstancialmente se hallen en ejercicio del poder político. Propiedad privada de los medios de producción es columna vertebral de la economía libre, pero no menos importante es la existencia de una moneda verdaderamente sana, estable e independiente del gobierno, que impida a éste elevar los gastos públicos más allá de los recursos reales, y también hagan imposible que aquélla sea utilizada para alimentar ningún designio demagógico desde el gobierno. Propiedad y moneda en las condiciones antedichas son dos instituciones básicas más, cuya existencia, entre otras, es indispensable para que una sociedad sea verdaderamente libre.

Las promesas de mejoras imposibles y las reformas y programas sociales destructores de las instituciones libres, basadas en quitar a unos para dar a otros -en ambientes proclives al colectivismo o donde lo ignato tenga fuerte gravitación- podrán ser conducentes al logro del poder político, pero nunca serán eficaces para enriquecer al pueblo. En cambio, todo atentado contra las instituciones libres acelera el proceso de decadencia de la libertad del hombre. Proceso que está en marcha en buena parte del llamado mundo libre y que -si no se afirma la tendencia contraria- puede terminar en la gran tragedia del liberticidio total en que ya está sumida media humanidad.

1. En cuanto al efecto sobre los salarios de un sindicalismo limitado, Von Mises dice en su obra Human Action: «Cuando el sindicalismo estuvo limitado principalmente al trabajo especializado, el aumento de salarios obtenidos por los sindicatos no condujeron al desempleo institucional. Simplemente rebajó el nivel de salarios en aquellas ramas de actividad donde los sindicatos no eran eficientes o ellos no existían. El corolario del aumento de salarios para los obreros organizados fue la caída de los salarios de los que no estaban organizados». Obra citada, página 764. Yale University Press, 1949.

2. El tema está tratado de manera especialmente interesante en las obras siguientes: Human Action y Planning for Freedom, de Ludwin von Mises; An eassy on the nature and significance of Economic science, de Lionel Robbins; La desocupación puede ser evitada, de Floyd A. Harper; Capitalism and the Historians, de T. S. Ashton, L. M. W. H. Hutt y B. de Jouvenel; Dos maneras de evitar las huelgas, de Leonard E. Read (Revista «Ideas sobre la Libertad», diciembre, 1958).

3. El autor se refiere, por supuesto, a los salarios reales.

4. Libertad y abundancia, de Gustavo R. Velasco. Editorial Porrúa, México, página 107.

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