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16 septiembre 2007

Los Estados Unidos y la ultraderecha europea

Por Carlos Alberto Montaner
El Nuevo Herald

Hay dos aspectos en los que ciertos políticos norteamericanos, demócratas y republicanos, se parecen cada vez más a la ultraderecha europea: el rechazo a los inmigrantes y la condena al libre comercio internacional.

Esas son causas que en Francia defienden Jean-Marie Le Pen, en Alemania Peter Malborn, en Italia Roberto Fiore y en Austria Jorg Haider, todos acusados de fascistas por la izquierda. Son causas, además, que traen bajo el brazo un copioso botín electoral. Suelen ser muy populares y tienen el apoyo de una curiosa combinación entre conservadores, sindicatos, y simples miembros de las clases medias asustados por la creciente diversidad étnica.

En Estados Unidos esa tendencia, tal vez decisiva en las próximas elecciones, agrega un comprensible componente psicológico: puede ser también, en alguna medida, una reacción al rampante antiamericanismo que se observa en el planeta. A mayor odio general contra los estadounidenses, surge más rechazo a los extranjeros dentro del país y gana terreno el desinterés en las relaciones internacionales. Sólo así se explica la reticencia de una buena parte del Congreso americano a concluir los tratados de libre comercio con Panamá, Perú y Colombia, esgrimiendo coartadas ostensiblemente ridículas.

Es una curiosa paradoja: en medio de las loas oficiales a la globalización, y cuando Estados Unidos está más imbricado que nunca en la economía mundial y posee un 29% del PIB de los terrícolas (hace quince años era un 20%), ha surgido una variante del tradicional aislacionismo norteamericano y cada día que pasa tiene más apoyo entre los electores. Tampoco ayuda, por supuesto, la reticencia de los enemigos de la libertad económica en países como Costa Rica, donde una buena parte de los electores se opone al Tratado de Libre Comercio, o Ecuador, donde el gobierno, por razones ideológicas, no tiene el menor interés en firmarlo, pese a la extensa información que demuestra el saldo positivo que le dejaría al país.

El mundo vivió un fenómeno parecido en el último cuarto del siglo XIX hasta el estallido de la primera guerra mundial en 1914. En ese periodo --la gloriosa belle époque-- se liberalizó y multiplicó el comercio internacional, y se produjo una extraordinaria explosión de creatividad, mientras millones de emigrantes se desplazaron a las naciones en pleno crecimiento --Estados Unidos, Argentina, Australia, Canadá, incluso la pequeña Cuba, que recibió casi un millón de europeos--, generando una impresionante cantidad de riqueza. Pero con el comercio libre y la estampida migratoria simultáneamente se desataron los miedos al extranjero, el nacionalismo económico y político, y un peligroso espíritu agresivo que eventualmente evolucionaron hacia el fascismo, el nazismo y el comunismo, frutos todos del frondoso tronco socialista. Finalmente, en el verano de 1914 comenzaron a hablar los cañones y no se callaron hasta 1945, porque nadie duda que la segunda guerra no fue otra cosa que la continuación de la primera.

Hoy el panorama es parcialmente diferente, pero coincide en un aspecto: los enemigos de la libertad se han reagrupado tras la debacle del fin del comunismo y atacan muy eficazmente al mercado y a las instituciones de las democracias liberales desde diversos ángulos. Por eso es tan importante que en las próximas elecciones norteamericanas llegue a la Casa Blanca un político --hombre o mujer-- que entienda el inmenso peligro que sería sumarse a la corriente aislacionista que va cobrando cierta fuerza en el mundo. Lo peor que podría suceder sería que se paralizara o involucionara el proceso de integración internacional que parecía existir hace apenas unos años. Habría que posponer el sueño de un universo próspero y pacífico que en la década de los noventa estaba al alcance de la mano. Esa sería una pésima noticia para todos.

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