Por Guillermo I. Martínez
Diario Las Americas
Río de Janeiro, Brasil.- Durante décadas, millones de estadounidenses han estado viajando y haciendo negocios en América Latina, apoyados por el todopoderoso dólar.
Los americanos miraban con asombro los problemas económicos de muchas naciones latinoamericanas, donde la híper inflación y la debilidad de las divisas provocaban pobreza entre sus ciudadanos. Al mismo tiempo, para los estadounidenses era viajar al paraíso el llegar con billetes verdes. Todo era mucho más barato en América Latina, era una delicia para los compradores.
No, ahora.
Hace unos cinco años, Brasil fijó el precio de su nueva moneda, el Real- a tres por uno- es decir, con tres Reales se compraba un dólar.
He estado viniendo a Brasil con frecuencia, quizás tres o cuatro veces en los últimos cuatro años. En ese tiempo, he visto como la divisa brasileña se ha estabilizado y mantenido su valor, mientras el otrora poderoso dólar estadounidense se convierte en un mini-dólar. Con mucho menos poder adquisitivo en este país sudamericano.
Ahora son los brasileños los que disfrutan y aprovechan la ventaja de su divisa frente al dólar. Para ellos, los artículos en dólares les resultan mucho más baratos. Para nosotros, estadounidenses, comprar con Reales es mucho más caro.
Mi manera favorita y fácil de explicar el fenómeno es comparando el costo de media hora de acceso al Internet en un ciber café, cercano a la casa donde me estoy quedando.
Hace cuatro años, treinta minutos de acceso al Internet me costaba 5 Reales. En dólares americanos, equivalía a 1 dólar 67 centavos. Cuando regresé hace un par de años el costo seguía siendo 5 Reales, pero con un dólar más débil, me salía en 2.50. La historia continúa. Esta vez, el precio en reales permanece en 5 Reales por 30 minutos. Pero, con este mini-dólar, para mí el costo fue de casi 3 dólares.
En otras palabras, el poder de compra del ex todo poderoso dólar ha sido reducido a la mitad en esta parte de América Latina.
Es importante reconocer que no estábamos hablando del declive del precio del dólar versus el Euro o la Libra Esterlina de Inglaterra. Seguimos hablando de Reales en un país grande, pero, de todos modos, una nación en vías de desarrollo.
Obviamente, el declive del dólar es un tema de conversación entre muchos latinoamericanos.
El domingo pasado, en un restaurante local, una pareja de argentinos comentaban sobre la caída libre del valor del dólar. Una mujer se ufanaba que había hecho inversiones en Euros y había visto crecer su dinero exponencialmente.
Agregó que Estados Unidos estaban ahora pagando por vivir del crédito, del hecho de alquilar y no comprar las cosas. En Estados Unidos nadie puede decir, verdaderamente, que el carro que maneja es propio; la mayoría de los coches son alquilados. Las casas son adquiridas con créditos a bajo interés e hipotecas a 30 años plazo.
“Ahora los americanos están pagando el precio de vivir a crédito”, dijo ella.
A lo mejor fue el hecho de que yo estaba muy sensible al asunto, pero podría jurar que la mujer se deleitaba con su comentario. Ciertamente, debe ser agradable ver las cosas desde el otro lado de la verja.
Por supuesto, le pude haber dicho que yo vivía en Argentina cuando vi al peso devaluarse de 370 a 1.400 por dólar en cuestión de once meses. O podía haberle recordado la híper inflación que el país vivió a fines de la década de los 90 o a principios de este siglo.
Brasil también ha sobrevivido muchos de estos episodios de híper inflación, ocasionando que la moneda local se devaluara diariamente y, a veces, con el transcurrir de cada hora.
Pero ahora, ellos están del otro lado.
Ahora, ellos son los que ven como el dólar se devalúa cada día. Ellos son los que pueden decir que viajar a Estados Unidos es más barato si se cuenta con “Reales”. Ellos son los que comentan con cierto sarcasmo que los americanos están viviendo más allá de sus propios medios y que están siendo castigados por ello.
Pocos, acá en Sudamérica se preocupan por la posibilidad de que los problemas económicos en Estados Unidos se propaguen hacia el sur. Por ahora, están muy contentos de podernos decir que uno no puede gastar más de lo que gana.
No es una experiencia placentera. No es fácil ir de compras con mini-dólares en el bolsillo. Y los comentarios mortifican, aunque haya mucha razón en lo que dicen.












