Por Laura Di Marco
Enfoques - La Nación
A los 12 años, una bomba de ETA le arrancó las piernas y tres dedos de sus manos. Pero lejos de dejarse derrotar, superó la desgracia, aprendió a perdonar y transformó la adversidad en una oportunidad para ayudar a víctimas del terrorismo en todo el mundo
La mañana de 1991, Irene Villa González tenía 12 años y se preparaba para ir a la escuela mientras desayunaba con su hermana y su madre, que entonces era funcionaria en una comisaría madrileña. Esa mañana, ETA había colocado tres bombas en un radio cercano. Irene escuchó la primera. ¿Y eso?, preguntó. Es la ETA, le explicó la madre, gente que busca la independencia. ¿Y no nos irán a poner una bomba a nosotros? Vamos, niña, súbete al auto, que ni tú ni yo somos tan importantes, le respondió la madre, que media hora más tarde perdía el brazo y la pierna derecha en la misma explosión que mutiló a Irene.