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25 de abril de 2008

La villa(nía) olímpica

Por Fernardo Savater
El Nuevo Herald

En contra de lo que sostiene mi amigo Rafael Sánchez Ferlosio, creo que el aprecio por las manifestaciones deportivas --al menos por algunas de ellas-- es compatible con el buen gusto y la decencia personal. Incluso aprecié razonablemente en su día la película Carros de fuego. Brindo estas explicaciones previas para que no se me tenga por un fanático. Sin embargo, me resulta difícil guardar la calma ante tinglados tan indecentes, venales y corruptos como han llegado a ser los juegos olímpicos. Son lo más parecido a un colosal burdel mediático: se explotan las gracias corporales de unos cuantos para que hagan negocio diversos negreros, frente al papanatismo de la muchedumbre impotente a la que se halaga con himnos o emociones nacionalistas. Eso sí, siempre invocando elevados valores competitivos --¡el famoso espíritu olímpico!-- que equivalen a la mención del amor en la citada casa de lenocinio.

Desde hace muchas décadas, los juegos olímpicos se las arreglan para hacer buenas migas con regímenes políticos indeseables, a los que su circo multicolor sirve de pantalla y a veces hasta de promoción. El primer y más notorio caso fueron los juegos de 1936 en la Alemania nazi, ocasión por cierto en la que se inventó la ceremonia de la antorcha olímpica que se viene celebrando religiosamente desde entonces.

Como había ciertos recelos, sobradamente fundados, sobre el trato que Hitler daba a los judíos, el COI decidió cubrirse las espaldas y envió a uno de sus directivos, Avery Brundage, para que realizase un informe sobre el asunto. Pero casualmente Brundage era más o menos tan nazi como el propio Hitler, de modo que el informe fue muy favorable. Los juegos tuvieron lugar, Leni Riefenstahl filmó su famoso documental Olimpia para mayor gloria del Führer, el nazismo no se regeneró sino que ensangrentó Europa poco después y Avery Brundage llegó a ser mandamás del COI por muchos años (todavía le dio tiempo a ordenar en 1972 que el espectáculo continuase tras la matanza de judíos que llevaron a cabo unos terroristas en Munich).

En 1968 los juegos se celebraron en México pocas semanas después de la matanza de Tlatelolco. Dos atletas afroamericanos, Tommy Smith y John Carlos, levantaron el puño en el podio de la gloria como homenaje a sus compatriotas negros discriminados y fueron a continuación minuciosamente triturados por la maquinaria político-deportiva de su país. Etc.

A partir de 1980, gracias a la astucia comercial del ex falangista Juan Antonio Samaranch (El señor de los anillos de una famosa biografía no autorizada) las Olimpiadas se convirtieron franca y netamente en un gran negocio. Y como hoy el futuro de los grandes negocios pasa por China, es allí donde van a realizarse este año. Da lo mismo que China sea una perversa dictadura que oprime no sólo a los tibetanos, sino a millones de súbditos chinos más o menos por igual. El dinero no tiene nunca mal olor, como dictaminó hace siglos Diocleciano.

Ante las protestas que poco a poco se alzan contra esta sede contaminada, Samaranch declara que ''cada país tiene el régimen político que elige'' (por eso él siempre vivió tan a gusto en el democrático régimen franquista) y Heinz Verbruggen, dirigente actual del COI, señala que inmiscuirse en la situación del Tíbet sería como hablar de la problemática del País Vasco en el caso de que las Olimpiadas tuvieran lugar en España (las democracias y las dictaduras son para él perfectamente equivalentes).

Propongo un nuevo deporte olímpico: denunciar la dictadura china, denunciar a los ''demócratas'' que hacen negocios con los regímenes que pisotean los derechos humanos y sobre todo denunciar a la mafia de aprovechados y vividores que hoy saquean desde sus despachos el maltratado espíritu olímpico que tal vez nunca existió.

© El País (Madrid)

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