Por Guy Sorman
Clarín
Según la tradición popular china, un temblor de tierra no es sólo un accidente natural. Tradicionalmente, todo temblor de tierra anuncia movimientos profundos que afectarán a la sociedad. En China aún se recuerda que el gigantesco sismo de Hebei de 1976, que se sintió hasta en Beijing, precedió a la muerte de Mao Zedong. En aquel momento a los chinos les habría resultado muy difícil no relacionar los dos acontecimientos, dado que siempre se había creído que las catástrofes naturales anticipaban la muerte del emperador.
Unos cuarenta años más tarde, el Partido Comunista logró minar la fuerza de la mayor parte de las instituciones religiosas y eliminar los monasterios budistas y el clero taoísta, pero las creencias populares permanecen como una última muralla del pensamiento individual contra la ideología totalitaria oficial.
Sin duda aún es prematuro adivinar cómo van a interpretar la reciente catástrofe las víctimas de Sichuan y el pueblo chino, pero la rápida reacción de los servicios de atención pública a las víctimas resulta significativa. El Partido trata de demostrar que escucha a la población, algo que rara vez pasaba hasta hace poco tiempo, y afirma que de ahora en más es imprescindible reaccionar con eficacia moderna ante una catástrofe natural. El auxilio y su instrumentación, la movilización de recursos y de personal militar, sin duda tienen por objeto salvar vidas, pero también tratan de apartar a los chinos de sus arraigadas supersticiones.
El Partido considera que es esencial demostrar que tiene una actitud humanitaria y racional, así como que el terremoto no anuncia nada, que no se trata de algo sobrenatural, que no constituye un presagio de la muerte del emperador ni de un cambio de régimen. Ese titánico esfuerzo de material de auxilio y de persuasión psicológica es esencial ante todo para la supervivencia del Partido a medida que se acerca la fecha de iniciación de las Olimpíadas.
Ahora bien, los Juegos Olímpicos se organizaron para demostrar, tanto al pueblo chino como al mundo, que China está instalada con firmeza en la era de la eficiencia y la racionalidad. Más allá de las víctimas, lo que está en juego en Sichuan son las Olimpíadas y el cambio de paradigma cultural que se estima que las mismas encarnan.
Es posible que el Partido logre convencer a la población, por lo menos a la que se expresa, de que una catástrofe natural no es algo sobrenatural, así como de que el Partido se encuentra firmemente alineado con el pueblo en cuyo auxilio acude. En lo que respecta a erradicar lo sobrenatural, se trata de reemplazarlo por el realismo político.
De numerosas entrevistas surge que, en su gran mayoría, las víctimas son trabajadores migrantes: se trata de chinos originarios de zonas rurales que partieron en busca de empleo en la construcción o en la pequeña industria, que viven en lugares improvisados, en regiones naturalmente inhabitables y hasta ese momento inhabitadas, y son ellos los que constituyen el grueso de las víctimas. Lo sobrenatural no explica su muerte, sino que es la política de explotación de esos campesinos empobrecidos, que el Partido despreció y descuidó, lo que explica al mismo tiempo la cantidad de víctimas y su origen social común.
Tanto los periodistas que se encuentran en el lugar como los sobrevivientes constatan que las construcciones que primero se derrumbaron y que provocaron la muerte de la mayor cantidad de personas fueron los edificios públicos, las escuelas y los hospitales. En China todos saben que una de las formas de corrupción habituales de los funcionarios del Partido consiste en economizar en los materiales y las pautas de construcción. Los niños que quedaron sepultados bajo las paredes de las escuelas son tanto víctimas de la corrupción de los constructores, las empresas y los funcionarios, como víctimas del terremoto. Eso es algo que la población sabe, y ningún gesto de las autoridades nacionales podría erradicar esa fuente de odio colectivo del pueblo chino por el Partido.
Así funcionan China y los regímenes tiránicos. El Partido quiere controlarlo todo, pero a menudo lo inesperado revela las falencias del sistema, la hipocresía del discurso y las injusticias más intolerables.
Las epidemias y las catástrofes naturales (o no tan naturales, si se comprueba que la represa de las Tres Gargantas también podría desplomarse) me parecen amenazas más serias para la tiranía comunista que los panfletos democráticos que abundan en los sitios Web. El Partido decidió detener a los disidentes, pero nada puede ante los virus, las creencias populares y los temblores de tierra.
Copyright Clarín y Le Monde, 2008.
Traducción de Joaquín Ibarburu.












