Más allá de Santa Cruz
Por Willington Paredes Ramírez
El Expreso de Guayaquil
Cuando la sociedad es llevada a la polarización económica y sociopolítica resulta difícil encontrar consensos y caminos de solución. Esto sucede en la Bolivia de la utopía neoindigenista de Evo Morales, quien se empeña en negar el país mestizo. Lo peor que le puede pasar a un país no es solo la polarización; sino también, el juego ideológico y laberíntico que se hace y teje para obstruir e impedir los procesos unitarios, que acepten y asuman las diversidades socioeconómicas, políticas, culturales e históricas, y no solo las étnicas y raciales.
Un aspecto visible del populismo neoindígena de Morales no es solo la presencia e incidencia del fundamentalismo ideológico y mesiánico. Hay otro aspecto que también es visible y de gran magnitud, que se lo tiende a ignorar: la pobreza urbana y rural de los indígenas andinos. Entre una y otra hay una relación y compleja simbiosis. Pues, la una se alimenta de la otra. Ahí está la creencia de reconstitución, en presente, de un supuesto paraíso social e igualitario del Estado Incásico que controle todo y subordine a la sociedad mestiza, creada en 500 años de historia.
Esto también está en el fondo de los problemas de Bolivia, pues su pobreza no ha podido ser resuelta por estructuras económicas y sociopolíticas injustas y discriminatorias. Tal hecho alimenta la creencia ideológica, religiosa y milenarista de que solo la reedición del Estado socialista inca puede sacar a los indios bolivianos del efecto de estructuras injustas y excluyentes.
Además, el culto al Estado y la fe religiosa de lo que fue en el pasado inca, hace difícil diálogos y acuerdos de convivencia entre los diversos polarizados. Los partidarios del estatalismo neoincásico no ven que en la historia y en la sociedad hay cambios y nuevas realidades. Están convencidos de que el Estado mestizo, bajo forma aristocrática, oligárquica o demócrata-nacional no es la solución. Más aun, en su milenarismo dogmático niega el proceso de mestizaje boliviano. Tampoco perciben los nuevos tiempos de reconstitución del Estado democrático bajo el influjo de los procesos de descentralización, globalización y conectividad.
Lo único que quieren es un Estado más centralista, que niegue la historia de las regiones y lo que socioeconómicamente han creado. Para ellos, esto no es centralismo aberrante, que niega los cambios y los actuales tiempos históricos, sino la reconstitución y recreación del Estado Inca con todo lo que implica: dominio, tutelaje social y negación de la diversidad, libertad y pluralidad que la historia social ha creado.
También está la ausencia de una verdadera cultura de la diversidad, no solo étnica y racial, sino también regional, socioeconómica y cultural. En este accionar dogmático también caen las regiones que buscan descentralización y autonomía. Pues, para los autonomistas, el problema es que los dejen desarrollarse en concordancia con el uso y disfrute de sus propios recursos. Sin embargo, aunque la pobreza es étnica y andina, tiene que ser asumida socialmente. Visto así el proceso, y polarizándolo más desde el accionar de cada dogmatismo, la que sufre es la democracia moderna de Bolivia.
Que los indígenas acepten que Bolivia es también mestiza, heterogénea y plural, es difícil de implementar hoy. Tampoco basta con la autonomía si el piso de ese sistema está debilitado por la pobreza y la exclusión del 30% de la sociedad boliviana. El dilema es cómo crear una sociedad abierta y plural donde los diferentes, mestizos, indígenas, capitalistas y neocomunaristas se asuman como realidades de un país democrático donde todos sus integrantes se reconozcan como unidad en la diversidad, con un Estado democrático, de nuevo tipo, que atienda la pobreza y no satanice las regiones autonómicas.








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