Por Lourdes Sola
Sao Paulo - Las evidencias de contaminación de la economía real por la crisis financiera global llevaron el Presidente Lula y al Ministro de Hacienda, Guido Mantega, a moderar su excesivo optimismo. Pero eso ha sucedido por razones políticas más que económicas. El discurso inicial de octubre, con el que el Presidente buscó minimizar el impacto de la recesión en Estados Unidos y en Europa, reduciéndolas a un "problema del Bush", cuyo efecto en Brasil sería sólo una "marolinha" (ondas pequeñas y superficiales), fue parcialmente superado.
Ya en octubre se habían acumulado las evidencias de un cambio decisivo en el cuadro económico que obligó al gobierno (y secundariamente a las oposiciones) a reposicionarse con mayor cautela. Pues el éxito o el fracaso de la estrategia gubernamental en lidiar con la inestabilidad política generada por los problemas económicos, que se agudizarán en 2009, va a incidir en el cuadro político sucesorio de 2010.
Los cambios de rumbo observados en la agenda económica oficial son hoy más palpables que los que afectan a la agenda política, y constituyen el telón de fondo indispensable para evaluar el cuadro político para este 2010. Es de esperar que los efectos del crecimiento vigoroso de la economía brasileña en el tercer trimestre del 2008 (6%) sea seguido de una "parada súbita" en el último trimestre con crecimiento negativo en relación al anterior.
A lo largo de octubre se habían acumulado las primeras evidencias de que el discurso oficial debería ser revisado y acompañado de las medidas proactivas que siguieron a esa constatación. Pues pese a contar con un solvente y sólido sistema de regulación y de supervisión del sistema financiero, heredado del gobierno Cardoso, la economía brasileña se reveló más vulnerable de lo que mantenía el gobierno.
Tres evidencias iniciales hicieron sonar la alarma: 1) la rapidez y la escala con la que se dio la reducción en los flujos de crédito doméstico, acompañada por la súbita retracción del crédito externo; 2) la creciente aversión al riesgo por parte de las grandes instituciones financieras, a pesar de los incentivos monetarios del Banco Central; 3) las pérdidas millonarias de empresas de gran y medio tamaño, que habían apostado por la continua valorización del real frente al dólar.
Esos movimientos, sumados a la bajada abrupta en los precios de commodities redundaron en el descarte definitivo de la hipótesis vigente en respetados círculos económicos nacionales (e internacionales): el desacoplamiento (decoupling) entre el epicentro de la crisis, Estados Unidos e incluso Europa, por un lado y, por otro, los emergentes de mayor peso económico.
Con el crédito secado casi instantáneamente y con la subida del dólar - equivalente a una desvalorización superior a 30% inicialmente y ahora la 50% - cabe al Banco Central tomar las medidas iniciales para alejar el espectro de una desaceleración económica combinada a la reanudada de la inflación.
Al tiempo que la tasa de intereses no se bajaban por temor a los efectos inflacionistas de la desvalorización del real, la liberación de los compulsorios y otras medidas monetarias buscaron neutralizar la reducción del consumo y de los planes de inversión. Los efectos de esas medidas son lentos, cuando no insuficientes. Así, en el caso de la liberación de los compulsorios bancarios, sus efectos fueron mixtos, en virtud del aumento del miedo al riesgo por parte de los grandes bancos y su reluctancia a prestar o financiar el consumo en las bases anteriores - y de mayor vulnerabilidad de las instituciones financieras de pequeño porte.
La liberación de compulsorios bancarios ha permitida, por ejemplo, que los bancos pequeños gradualmente vendan sus carteras de crédito a instituciones más sólidas, reforzando el proceso de concentración financiera. Pero el crédito está volviendo de forma mucho lenta y selectiva, porque todavía no están totalmente explicitadas las pérdidas de las empresas/bancos con derivados y operaciones indexadas.
Lo importante a constatar es que la crisis global está afectando a los sectores económicos de forma desigual. En conjunto, significará una desaceleración significativa en la tasa de crecimiento, en virtud de tres factores: menor masa salarial y final del ciclo de caída de la tasa de paro; menor crédito, reducción de inversiones, y una eventual limitación de gastos en algunos sectores gubernamentales.








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