Conversando días pasados con un prestigioso publicista, que además es un excelente amigo, me sugirió el concepto del "subdesarrollo sostenible", expresión aparentemente paradójica que implica asociar una idea negativa como es "subdesarrollo", con otra positiva tal como "sostenible". Y que refleja una realidad latinoamericana.
¿La idea? "Que no se ahoguen…, pero que tampoco saquen mucho la cabeza del agua".
Y precisamente la reciente publicación del Indice 2009 de libertad económica, efectuada por decimoquinto año consecutivo por la fundación estadounidense Heritage en conjunto con el diario The Wall Street Journal, permite profundizar sobre el tema.
El citado Indice se determina aplicando una metodología que califica a diez componentes esenciales de la libertad económica existente en cada país, ofreciendo una adecuada descripción del panorama general de las políticas sociales y económicas vigentes, así como de las fortalezas y debilidades de sus instituciones.
Ciertamente en un planeta tan afecto a los rankings, que de todo hace una contienda cuasi-deportiva, las noticias siempre destacan el nombre de los países que ocupan el "top ten", aunque ello tiene al menos dos problemas.
En primer lugar, hace que la discusión se torne excesivamente ideológica. O pseudo-ideológica, pues a juzgar por la calidad de los argumentos usualmente esgrimidos por una y otra parte no pasan de ser discusiones de cafetín. Con perdón de los cafetines.
El otro problema es que en el análisis de los rankings suele dejarse afuera un elemento fundamental, que permitiría poner en evidencia un fenómeno que "casualmente" pasa inadvertido: un buen ranking implica que ese país tiene, o supuestamente debería tener…, un alto bienestar económico. Veamos los números mundiales.
El promedio de PIB (Producto Interno Bruto) per cápita de los países que obtuvieron notas superiores a 80 puntos, y que en consecuencia fueron calificados como "libres" económicamente es de 40,253 dólares estadounidenses.
Por su parte, el promedio de PIB per cápita de los países que obtuvieron notas entre 60 y 70 puntos, y que en consecuencia fueron calificados como "moderadamente libres", es de 15,541 dólares.
Y el promedio de PIB per cápita de los países que obtuvieron notas menores que 50 puntos, calificados en consecuencia como "represivos", es de 3,926 dólares.
Para homogeneizar las mediciones, todas las cifras fueron afectadas por el poder de paridad de compra de cada país, con lo cual las brechas se reducen. Las diferencias, sin embargo, siguen siendo elocuentemente abismales. E inapelables
Ahora bien, aún cuando la mayor parte de los diez componentes del índice son comerciales y financieros, hay dos que son aparentemente "no económicos", pese a que suelen explicar notables faltas de correlación entre la posición de un país en el ranking y su grado de bienestar material: 1) la fortaleza con que se defienden los derechos de propiedad, y 2) el combate a la corrupción. Veamos los números cuscatlecos.
El Salvador ocupa la posición 33 del ranking, su PIB per cápita afectado por el poder de paridad de compra es, según el reporte, de 5,766 dólares estadounidenses, y dado que su índice es 69.8 califica entre los países "moderadamente libres" económicamente, que tienen un PIB per cápita promedio de 15,541 dólares.
¿Por qué está tan abajo del promedio? Básicamente por los dos componentes aparentemente "no económicos", donde El Salvador tiene malas notas: el reporte otorga sólo 50 puntos a la defensa de los derechos de propiedad, calificando al sistema judicial de "ineficiente", y apenas 40 puntos al combate contra la corrupción, calificada como "significativa en los niveles bajos de la burocracia" (pág. 168). Ello explica gran parte de los 10,000 dólares que faltan.
Estos son precisamente los datos que no debieran seguir pasando inadvertidos en la región: su toma de conciencia serviría para poner en evidencia sistemas políticos obsoletos, que más allá de eventuales colores partidarios (a todos les caben culpas), tienen sumergida a América Latina en un clientelismo promotor del subdesarrollo sostenible.
Que es evidemente funcional a políticos de mediocridad insostenible.
Hasta la próxima.
El autor es Ingeniero, Máster en Economía (ESEADE), Buenos Aires y columnista de El Diario de Hoy.












