Por David Theroux
El primer presidente de los Estados Unidos, George Washington, advertía que:
El gobierno no es razón, no es elocuencia, es fuerza; como el fuego, es un servidor peligroso y un amo temible. Jamás ni por un instante debería dejársele realizar una acción irresponsable.
Y Lord Acton de manera incisiva aseveraba que
El poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente. —Carta al Obispo Mandell Creighton, 1887
La ceremonia de asunción del mando de un nuevo Presidente de los Estados Unidos es un espectáculo grandioso. Pese al hecho de que los EE.UU. fueron fundados específicamente como una república opuesta a la monarquía, la realeza y el absolutismo, la presidencia estadounidense se ha vuelto un presidencia imperial, que proyecta su poder globalmente sin limitación y que es de lejos el puesto más poderoso del mundo en la actualidad, empequeñeciendo a los poderes de los más grandes emperadores y reyes de antaño.
Además, el gobierno de los Estados Unidos es casi enteramente la presidencia. Los presupuestos del Congreso y la Corte Suprema son virtualmente insignificantes comparados con el del Poder Ejecutivo. La presidencia después de todo incluye a todos los departamentos del gobierno federal, incluidos el Tesoro, Salud y Servicios Humanos, Comercio, Trabajo, Transporte, Defensa, etc.; el IRS, la CIA, la NSA, la NASA y el FBI; todos los armamentos de destrucción masiva nucleares y de otra clase, los satélites espías, los portaaviones, los misiles balísticos intercontinentales y cientos de bases militares en todo el mundo; las enormes parcelas de tierras, los minerales, las autopistas y las vías navegables federales; todas las agencias reguladoras incluidas la FTC, la SEC, la FDA, la OSHA y la EPA; la lista es en verdad demasiado larga para siquiera enumerarla aquí y crear un organigrama es un desafío a la imaginación.
Pero además de ser tan fuerte y tan poderosa, la presidencia imperial es mucho, mucho más. Para la mayor parte de los estadounidenses, la presidencia se ha vuelto su rey soberano y la figura paterna que se yergue por encima y más allá de nosotros los meros ciudadanos a fin de supervisar nuestras vidas y nuestro bienestar y apaciguar nuestros temores (Sírvase ver nuestro libro, Neither Liberty Nor Safety: Fear, Ideology, and the Growth of Government, del Académico Senior Robert Higgs). Como tal, la presidencia imperial es en verdad una “divinidad” religiosa secular, un “mesías” terrenal que muchos creen que los salvará de todas las formas de perjuicios al blandir el poder gubernamental contra los demás, incluso si esto implica atropellar sus vidas, libertades y propiedad. Como resultado, alrededor de la presidencia ha crecido un culto al poder y la personalidad que en nada se diferencia del de muchos gobernantes del pasado. El espectáculo y circo de una ceremonia de inauguración presidencial es verdaderamente un indicio de lo que todos atestiguamos a toda hora en los medios de los atavíos culturales de la glorificación y veneración de la presidencia imperial.
¿Pero despojada de dicha pompa y vanidad superficial qué es lo que en verdad tenemos? ¿Después de todo cada presidente no presta un juramento de proteger y preservar a la Constitución de los EE.UU. y sus límites sobre el Poder Ejecutivo? ¿Cómo entonces George W. Bush y sus predecesores pueden ser calificados con relación al cumplimiento de esta promesa? ¿Han incrementado o disminuido la paz, prosperidad y libertad, y defendido a la Constitución en el camino? Nuestro nuevo libro escrito por el Académico Senior Ivan Eland, Recarving Rushmore: Ranking the Presidents on Peace, Prosperity, and Liberty, no podría ser más oportuno en rastrear la hipocresía y absurdidad de la codicia del poder presidencial. ¿Tendrá el nuevo presidente Barack Obama la integridad, perspicacia y sentido común para comenzar a desmantelar las facultades y atavíos de lo que se ha convertido en una presidencia imperial? Solo el tiempo lo dirá, pero a pesar de su retórica en favor de la “esperanza” y el “cambio”, todas las indicios nos dicen ahora que solamente avivará más a las llamas. Después de todo, el “poder corrompe” y para la presidencia imperial, “es bueno ser el Rey”.
Traducido por Gabriel Gasave David Theroux, Fundador, Presidente y Director Ejecutivo de The Independent Institute.













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