Por David Luhnow, José de Córdoba y Nicholas Casey
Tegucigalpa, Honduras - En el palacio presidencial de Tegucigalpa, cerca al centro de la ciudad, un hombre se sienta detrás de un largo escritorio de madera y asegura ser el presidente del país. Pero a los ojos de la comunidad internacional, Roberto Micheletti asumió el poder a través de un clásico golpe de Estado.
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Manuel Zelaya
Hace más de dos semanas, el 28 de junio, su predecesor, Manuel "Mel" Zelaya, fue sacado de su cama por soldados y enviado fuera del país aún en pijama. Micheletti, el siguiente en línea para la presidencia en su calidad de líder del Congreso, fue nombrado presidente ese mismo día.
Ligado a los intereses de empresas ricas y llevado al poder por los militares, el gobierno provisional evoca recuerdos del golpe de Estado en el que el chileno Augusto Pinochet echó a pique el proyecto socialista de Salvador Allende en 1973. En las calles de Tegucigalpa, algunos manifestantes han pintado grafitis que fusionan el nombre de Pinochet y su nuevo líder no electo: "Pinocheletti".
Según la versión de Micheletti, fue su gobierno el que evitó otro golpe de Estado en cámara lenta, por parte del mismo Zelaya. Los simpatizantes de Micheletti dicen que Zelaya era un dictador en formación, un caudillo moderno que quería reescribir las leyes hondureñas para mantenerse en el poder, quizás indefinidamente.
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Fidel Castro
Para entender lo que sucede actualmente en Honduras, ayuda conocer un poco más la historia de los caudillos en Latinoamérica, cómo estos legendarios hombres sedientos de poder dañaron a sus países, y por qué tantas personas temen que estén reapareciendo.
Algunos argumentan que la contribución más importante, y colorida, a la ciencia política por parte de Latinoamérica es el caudillo. La palabra deriva del latín capitellum, o cabeza pequeña, y alude a un líder militar o político. El general Francisco Franco de España, adoptó el título de "Caudillo de España por la Gracia de Dios" y gobernó al país desde el final de la Guerra Civil Española en 1939 hasta su muerte en 1975.
El caudillismo está tan profundamente arraigado que ha generado su propio género literario. Los lectores entendidos ven a Fidel Castro como el modelo del envejecido dictador en El otoño del patriarca de Gabriel García Márquez, el cual camina arrastrando su desproporcionado testículo sobre los pisos de su palacio presidencial. El escritor peruano Mario Vargas Llosa, en su novela La fiesta del chivo, retrató lo precario de la vida en la República Dominicana bajo el yugo del brutal caudillo de derecha Rafael Leónidas Trujillo.
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Augusto Pinochet
El reparto de caudillos en la historia Latinoamericana incluye a personajes como Antonio López de Santa Anna, quien fue presidente de México en siete ocasiones distintas a mediados del siglo XIX. Él firmó la independencia de Texas de México después de ser capturado el día después de la Batalla de San Jacinto en 1836 y una vez enterró una pierna que perdió en batalla con todos los honores militares.
Los caudillos vienen de todas las franjas ideológicas. Pinochet, cuya famosa fotografía en la que usa unos siniestros lentes oscuros fue tomada poco después de su golpe, se convirtió en la imagen icónica del dictador militar de derecha latinoamericano. Hoy en día, la mayoría de los caudillos son de izquierda. Castro, conocido como el "Comandante" o el "Caballo", tiene la dudosa distinción de ser el caudillo más longevo en la historia de América Latina y debe su período récord en el poder más al caudillismo que al marxismo. Ahora ha pasado la antorcha a Hugo Chávez, el caudillo populista de Venezuela.
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Antonio López de Santa Anna
Los caudillos aparecieron por primera vez durante el dificultoso nacimiento de las repúblicas latinoamericanas de las colonias españolas. La mayoría eran terratenientes o militares que tenían sus propios ejércitos privados. Debido a que las guerras de independencia de principios del siglo XIX destruyeron la mayoría de las instituciones del gobierno colonial español, los gobiernos de estos nuevos estados eran demasiado débiles como para resistir una toma. En algunos casos, los jóvenes estados no podían recaudar suficiente dinero para financiar un ejército.
Muchos de los caudillos más famosos de Latinoamérica se convirtieron en dictadores, pero a mediados y finales del siglo XIX, a medida que las sociedades de la región evolucionaron y los ámbitos políticos ganaron más importancia que los campos de batalla, los caudillos se transformaron en políticos. Aunque un dictador a menudo recurre a la fuerza bruta para mantener su poder, los caudillos modernos usan una combinación de magnetismo personal, clientelismo y, en ocasiones, el uso selectivo de la fuerza bruta.
En Latinoamérica, la fortaleza del caudillo debilitó las instituciones de la región. Los partidos políticos centrados en caudillos a menudo colapsaban después de la muerte de éste y nunca se profesionalizaban. Como resultado de ello, los latinoamericanos parecen estar perennemente listos a confiar su destino a un providencial "hombre a caballo" que venga al rescate de su país, en vez de a la capacidad de las instituciones del país de proveer seguridad y prosperidad.
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Rafael Leónidas Trujillo
Una personalidad desproporcionada —y una completa megalomanía— es una característica común de los caudillos. En el siglo XVIII, José Gaspar Rodríguez de Francia, quien gobernó Paraguay durante un cuarto de siglo, cerró al país al resto del mundo, se autonombró líder de la Iglesia Católica del país y asumió el título de "El Supremo", lo que proporcionó material para otra gran novela latinoamericana, Yo el Supremo, de Augusto Roa Bastos.
En el siglo XX, pocos tuvieron un ego tan grande como el de Rafael Trujillo, quien gobernó la República Dominicana de 1930 a 1961. Conocido como "El Jefe", Trujillo asumió el poder a la edad de 38 años, vistiendo una banda con el lema "Dios y Trujillo". Incluso las iglesias fueron obligadas a adornarse con el lema. Pocos años después, Santo Domingo fue renombrada Ciudad Trujillo. El dictador, que gustaba de usar uniformes militares de ópera cómica con sombreros con plumas al estilo del siglo XVIII, fue tan brutal como estrafalario, asesinó a miles de inmigrantes haitianos y torturó y mató a sus opositores políticos. A algunos de ellos los arrojó como alimento para los tiburones.
Aunque las armas hacían al hombre en el siglo XIX, en el XX la mayoría de los caudillos han sido cuidadosos de presentarse como campeones del pueblo, envueltos ya sea en el manto de la revolución, como Fidel Castro, o en el de la democracia. Juan Domingo Perón en Argentina usó el populismo para ganarse la simpatía de los pobres del país, conocidos como los "descamisados".
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Juan Domingo Perón
Incluso hoy, el peronismo, el movimiento creado por Perón y su esposa Eva —quien combinó el glamour y la ayuda a los pobres para convertirse en una santa laica venerada por los argentinos— aún es la corriente política dominante en Argentina. El legado de la filosofía populista de gasto desmedido de Perón ha llevado a Argentina a periódicas crisis económicas. Cuando los precios de las exportaciones argentinas, como la carne, estaban altos, por ejemplo, los gobiernos peronistas han gastado las ganancias como un marinero borracho, lo que conducía a una restricción de efectivo cuando los precios bajaban.
Perón, como muchos otros caudillos, buscó una legitimidad adicional al preservar las formas de la democracia, aunque sólo en papel. Ganó elecciones presidenciales, pero su régimen difícilmente fue democrático: los peronistas controlaban el Congreso, los tribunales, la burocracia, los sindicatos y los medios. Cualquiera que fuera demasiado lejos enfrentaba un arresto arbitrario.
Incluso el brutal Trujillo anunció con bombo que no buscaría una reelección en 1938 para respetar los principios democráticos, aunque continuó siendo el líder de facto del país y luego regresó para ganar dos elecciones más, en 1942 y 1947. En 1952, dio un paso al costado a favor de su hermano y continuó dirigiendo los hilos del país hasta su asesinato en 1961.
Para Estados Unidos, la causa de la democracia en Latinoamérica pasó a un segundo plano por la lucha contra el comunismo durante la Guerra Fría. Por muchos años, EE.UU. miró hacia otro lado o apoyó golpes de Estado con el objetivo de prevenir la expansión del comunismo en el hemisferio. Los golpes militares se convirtieron en casi un ritual. En 1970, Honduras tuvo tantos golpes de Estado que la capital era llamada en broma "Tegucigolpe".
El final de la Guerra Fría cambió radicalmente la política en América Latina. A medida que las guerras civiles y las insurrecciones guerrilleras perdían impulso en Centroamérica, los consentidos aparatos militares sufrieron profundos recortes presupuestarios. EE.UU. y el resto del mundo dejaron en claro que los golpes de Estado ya no serían tolerados. La Organización de Estados Americanos, que representa a 34 países, adoptó una cláusula democrática en su carta en 2001. Para ese momento, Cuba era el único país que no era una democracia.
Aunque la democracia se ha extendido a lo largo de Latinoamérica, los caudillos nunca se desvanecen, tan sólo se adaptan a los nuevos tiempos. El tradicional golpe de Estado ha sido reemplazado por una nueva estrategia de poder que podría ser llamada "golpe con sigilo" o "golpe por medios democráticos".
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Hugo Chávez
El principal arquitecto de este nuevo plano es Chávez, un hombre fuerte con un pie firmemente puesto en el pasado y otro en el futuro del caudillismo. En 1992, Chávez, que en ese momento era un teniente coronel con una mezcla de ideas de izquierda, nacionalistas y fascistas, lideró un golpe de Estado tradicional para derrocar al gobierno de Carlos Andrés Pérez. Chávez fracasó y fue encarcelado.
Luego de ser liberado, fue persuadido a cambiar las balas por los votos. En 1998, fue electo presidente, elevado por una ola de disgusto popular ante la profunda corrupción de los partidos políticos y las instituciones del país. En un país en el que las instituciones nunca se desarrollaron debido a los caudillos, tenía que llegar otro "hombre a caballo" para salvar el país. Una vez en el poder, tomó medidas para asegurarse que nunca lo dejaría.
Utilizando las herramientas de la democracia —referendos y elecciones— Chávez la ha trastornado y se ha convertido en un caudillo moderno. A lo largo de los años, ha ganado referendos que le han permitido reformar la constitución, dos veces, según sus especificaciones, incluyendo la eliminación de las restricciones constitucionales a los mandatos presidenciales, lo que le ha permitido buscar la reelección indefinidamente. Ha desmantelado las cortes, cerrado y amordazado a los medios y purgado al ejército. Chávez ejerce total control sobre el Congreso. Venezuela aún lleva a cabo elecciones, pero está lejos de ser una democracia.
Chávez comparte con los caudillos de antaño su trasfondo militar, su orientación populista y el culto a la personalidad. Es una mezcla de un predicador mesiánico, un tradicional militar autoritario latinoamericano y un soñador utópico con nociones de "socialismo del siglo XXI". Incluso después de una década en el poder, marcada por el gasto, la corrupción y el crimen rampantes, Chávez mantiene un lazo fuerte, casi místico, con muchos de los pobres de Venezuela, quienes ven en él una reflexión de si mismos.
Chávez ha dicho en público que planea seguir en el poder hasta 2019, 2021 o 2030.
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Evo Morales
El esquema de poder de Chávez ha sido imitado por otros aprendices de caudillos. El presidente boliviano, Evo Morales, un ex líder del sindicato militante de cultivadores de hoja de coca, que lideró disturbios que ayudaron a derrocar a dos líderes bolivianos, también ganó un referendo que le permite reescribir la constitución, aunque con un cambio, revirtiendo una prohibición a la reelección. Rafael Correa, en Ecuador, ha usado una enmienda constitucional para levantar las restricciones a la reelección. Ambos hombres usaron el populismo y la desilusión con los partidos políticos existentes para presentarse como los salvadores del país.
Cuando la democracia echó raíces en Latinoamérica en los 80 y 90, casi todos los países optaron por prohibir la reelección como una forma de asegurarse que los caudillos nunca volvieran. Estas restricciones han sido debilitadas también por líderes de derecha. En Colombia, el presidente conservador Álvaro Uribe ya ha cambiado la constitución en una ocasión para ser reelecto y actualmente considera un tercer mandato.
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Rafael Correa
Honduras, agobiada por un desfile de generales que nunca supieron cuándo irse, estaba entre los países latinoamericanos que habían prohibido la reelección cuando acabó con las dictaduras militares y dio el salto a la democracia en 1981. Desde entonces, casi todos los presidentes han jugado con la idea de la reelección. Ninguno ha impulsado la idea más abiertamente que Zelaya.
Zelaya, hijo de un ranchero conservador, asumió el poder hace cuatro años como un centrista. En los últimos dos años, el presidente, que suele usar un sombrero y cantar baladas, se ha inclinado cada vez más hacia la izquierda y ha encontrado una alma gemela en Chávez. El presidente venezolano comenzó a enviar petróleo a precios de descuento a Honduras y este país respondió uniéndose al pacto regional político y comercial de Chávez, el cual incluye a Venezuela, Bolivia, Cuba, Ecuador y Nicaragua.
Luego, tomó otra página del esquema de Chávez y presionó por un referendo y una enmienda a la constitución para permitir la reelección. Los tribunales del país, el Congreso y otras instituciones hicieron frente a Zelaya, pero él juró desafiarlas a todas, con la gente a su espalda. Poco antes de ser depuesto, cuando las fuerzas armadas se negaron a tomar parte en las elecciones, el presidente lideró a una turba a una base cercana para apoderarse de las papeletas.
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Roberto Micheletti
¿Todo esto convertía a Zelaya en un candidato a caudillo? El mundo tal vez jamás lo sepa debido a que los actores de poder en Honduras decidieron no correr riesgos. Al deponer a Zelaya a punta de rifles, mostraron la poca fe que tenían en las instituciones del país para mantener a raya las ambiciones de Zelaya.
Algunos sostienen que actuaron de forma precipitada. "Los Pinochets del mundo apoyaron al tipo de gente que sacó a Zelaya en su pijama", dice Peter Kornbluh, un analista de National Security Archive, una organización sin fines de lucro estadounidense, y autor de libros sobre dictadores, incluyendo a Pinochet y Castro. Al destituir a un líder elegido de forma democrática, el establecimiento político hondureño se alejó aún más de la democracia que lo que Zelaya hizo en su intento por mantenerse en el poder, afirma Kornbluh.
Aunque Micheletti, el presidente provisional, ha asumido el poder de una forma no democrática, pocos hondureños temen que desee quedarse en el cargo. Micheletti ha jurado llevar a cabo elecciones programadas para noviembre, entregar el poder en enero y limitar sus propias aspiraciones presidenciales a seis meses en el cargo.
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Un partidario de Zelaya en el Aeropuerto Internacional Toncontín.
Ángel Núñez, un taxista de 30 años que vive en Tegucigalpa, cree que Micheletti hizo lo correcto. "Zelaya quería que este lugar fuera Cuba, quería tener el poder absoluto en este país", dice. Hacer al ex presidente a un lado era la única manera de detener "a un hombre que pensaba que estaba por encima de la ley".
Domingo Díaz, un trabajador social de 63 años, dice que ha vivido tantas tomas de poder en Centroamérica que ya perdió la cuenta y el interés en ellos. "Nadie respetaba la ley", dijo en un día lluvioso hace poco. "La historia se repetirá", agregó, "pero esta vez no le temo".












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