Fernando Laborda decía esta semana en La Nación algo que resume bien la forma de hacer política del kirchnerismo (y podría añadirse que del peronismo desde siempre): "Una especialidad del kirchnerismo es la generación de climas de hondo dramatismo, no exento de salidas epopéyicas". Mantener a la población en vilo, rodear a la figura totémica de la Presidencia de misterio, colocar a la nación en situaciones límite, cultivar la zozobra y luego redimir al país de todo eso mediante el logro de hazañas por parte de quienes mandan, es mucho más que un estilo: es una filosofía del poder. El kirchnerismo, como ocurrió tradicionalmente con el peronismo, es un drama sin cese. Sólo existe o al menos se realiza plenamente, al borde de la catástrofe. La Presidenta Cristina Kirchner es Melpómene, la diosa griega de la tragedia, en la versión latinoamericana y específicamente argentina, que es la del melodrama. De Evita a Cristina, el peronismo es una secuencia de más de medio siglo de búsqueda constante de la exageración sentimental, de apelación desproporcionada al sentimiento como arma de comunicación e instrumento de poder. El kirchnerismo es la más reciente versión de esta tradición política.
Por eso lo ocurrido con el no cáncer de la Presidenta, a la que se le había diagnosticado un carcinoma papilar y se le acabó extirpando la tiroides sin razón (dado que acabó comprobándose la inexistencia de un tumor maligno), no tiene nada de anormal para quien observe de cerca la política argentina. Como no lo tiene para los propios argentinos, a pesar de la polémica que se ha generado desde que se supo, con motivo de la intervención quirúrgica a la mandataria en el Hospital Universitario Austral, que ella no padecía de cáncer, como habían asegurado los médicos y la propia Casa Rosada, tras el examen y la punción que se le habían practicado en su momento, en el Instituto de Diagnóstico Maipú.
Se ha dicho esta semana que el kirchnerismo calculó todo maquiavélicamente, para lograr un efecto político. Pero sostener esto es no entender cómo funciona el sistema. Kirchner no ordenó a nadie inventar un cáncer ni sus funcionarios "organizaron" con los médicos un "falso positivo" para convertir a la Presidenta en la heroica sobreviviente de la enfermedad que mató a Evita. Lo que sucedió es una combinación más bien caótica, espontánea y contradictoria de decisiones, en la que se mezclaron la falta de transparencia (no hubo ninguna comparecencia ante los medios y mucho menos un escrutinio público de lo que sucedía tras bambalinas), con la deshonestidad selectiva (se ocultó que no había unanimidad en el diagnóstico del cáncer por parte de los médicos) y la manipulación de los hechos que se fueron presentando providencialmente para crear el clima dramático. Es como si el gobierno estuviera constantemente a la caza de elementos propicios para dramatizar la Presidencia. Cuando se presentó la posibilidad de rescatar a Cristina Kirchner del cáncer, es decir, de potenciar exponencialmente el componente emocional de la relación de la mandataria enlutada con su sensibilizado pueblo, el oficialismo hizo uso de las circunstancias practicando lo que siempre practica, o sea, lo antes dicho: falta de transparencia, deshonestidad selectiva, manipulación y drama.
En cualquier caso, la revelación de que no padece de cáncer deja a la Presidenta políticamente bien parada, a pesar de la polémica: en el imaginario colectivo, el subibaja sicológico vivido en las últimas semanas ha fortalecido la idea de una mandataria que se relaciona con su pueblo mediante poderosas emociones. Y eso, en un momento en que el modelo kirchnerista empieza a hacer agua y amenaza con precipitar una crisis de polendas, reviste una importancia política de primer orden. Mientras mayor sea el lazo irracional entre Cristina y su pueblo, mayor será la capacidad del gobierno de infligir malas noticias sin asumir la responsabilidad por ellas, de buscar chivos expiatorios, de disimular realidades penosas y de ajustar las clavijas al adversario político, mediático o institucional impunemente. Mientras menos se juzgue a Cristina desde la racionalidad, mayor su capacidad de sobrevivir políticamente a lo que suceda en adelante. Todo lo que sentimentalice a la Presidencia servirá el propósito de suspender el juicio racional del país ante lo que se viene.
¿Y qué se viene? Esencialmente, la desnudez de un modelo que ha durado demasiado tiempo disfrazado con los atuendos del populismo (el kirchnerismo ha ingresado en su noveno año en el poder). El país recibe escasa inversión, produce relativamente poco, padece un nivel de gasto público altamente desbocado, tiene una inflación elevada y experimenta una incesante fuga de capitales que ha totalizado más de 70 mil millones de dólares en los últimos cuatro años.
El mismo electorado que votó masivamente por Cristina Kirchner (irracionalidad) en octubre, empezó a comprar dólares y a tratar de protegerse como fuese posible de un modelo del que desconfiaba (racionalidad) al día siguiente de la victoria que otorgó a la mandataria. Desde entonces, el gobierno ha desatado una persecución policial contra el dólar, o sea, contra la desconfianza, que habría precipitado el pánico general si no fuera, precisamente, porque el drama del cáncer la suspendió durante unas semanas (y como la mandataria permanence con licencia médica y ha delegado teóricamente en el vicepresidente Amado Boudu, las riendas del poder, ese seguirá siendo el caso unas dos semanas más).
Los controles, nacionalizaciones y operaciones políticas contra el capital privado de los últimos años, sumadas a un gasto fiscal que el año pasado aumentó 40 por ciento, a pesar de que los ingresos sólo lo hicieron un 30 por ciento, han acabado de convencer a los ciudadanos de que el modelo no es sostenible. Consciente de ello, el gobierno se ha endurecido contra la debilitada y desorganizada oposición, en sus distintas variantes. De allí la reciente ley que otorga al gobierno el control del papel periódico a través de la empresa Papel Prensa, del que son dueños mayoritarios Clarín y La Nación, el allanamiento de Cablevisión, que es el canal del propio grupo Clarín, la amanaza de usar una ley antiterrorista contra los medios críticos y, en general, el tono agresivo de los distintos cuerpos del peronismo. Entre ellos está La Cámpora, organización de movilización juvenil controlada por Máximo Kirchner, el hijo de Cristina Kirchner, que viene acumulando un creciente poder, asociada desde hace tiempo a actos de intimidación y violencia.
El gobierno prevé que será necesario apelar a la movilización del peronismo duro, en cuanto se vea obligado a profundizar el "ajuste" que en cierta forma ha comenzado ya con la reducción de los subsidios a la luz, el gas y el agua, así como el anuncio de que serán revisadas las bonificaciones de unos 300.000 empleados públicos. Como estas medidas y las que vendrán podrían sacar a la calle al sector más radical del propio peronismo y del sindicalismo, de Hugo Moyano a la Central de Trabajadores de la Argentina y los piqueteros, el gobierno alista su respuesta. Para ello, viene preparando desde hace unas semanas el terreno político, cerrando la mayor cantidad de espacios a la información. Con el control que ya tiene de dos tercios del espectro radioeléctrico, ahora el gobierno se concentra en mantener la presión sobre el tercio restante.
El contexto agrícola siempre determinante en ese país, pero especialmente en el caso del modelo kirchnerista -consistente en exprimir el campo para subvencionar la ciudad, como hacía Perón- no ayuda al gobierno. Una contundente sequía augura la reducción de la cosecha de maíz y de soja en unos 20 millones de toneladas en total, lo que implicará una caída de casi 6 mil millones de dólares en las exportaciones y, para el gobierno, una disminución de poco menos de 2 mil millones en la recaudación por vía de las llamadas "retenciones". El resultado de este desastre es la necesidad del "ajuste" de marras, traumático sinceramiento de un modelo que ha vivido en la mentira.
Son mínimas, por no decir nulas, las salidas que tiene a la mano Cristina Kirchner. Normalmente, un déficit se puede financiar, si hay crédito externo, con el uso de los mercados de capitales internacionales. Pero como es ampliamente conocido, ese grifo está cerrado para el gobierno, dada la suspensión de pagos decretada en su momento y la quita forzosa aplicada a los tenedores de bonos (así como los conflictos con el Club de París, que reúne a los gobiernos acreedores). Hasta ahora, Kirchner ha echado mano de la inflación mediante la emisión monetaria por parte del Banco Central y de las pensiones nacionalizadas para tratar de cerrar la brecha. Pero eso ya no basta. La situación se ha agravado, además, por la subida del dólar, que el gobierno ha tratado de frenar vendiendo divisas. La pérdida de reservas, en parte por esto y en parte por la fuga de capitales, ha provocado un desbarajuste que obliga a un ejercicio de realidad, al menos parcialmente. De allí, la inevitabilidad del "ajuste", palabra en boca de todos en la Argentina de hoy, que en cierta forma se viene dando en cámara lenta desde hace unas semanas y alcanzará pronto su dimensión más cruda.
Las consecuencias políticas de este "ajuste" para el gobierno pueden ser muy duras, porque equivale a la puesta en evidencia de un engaño de nueve años. En política, lo que esos desengaños producen suele ser el despecho seguido de la ira. De allí, el endurecimiento preventivo de la Casa Rosada y del aparato peronista.
Es en este contexto que debe entenderse la dramatización creciente de la figura presidencial y del kirchnerismo. Cuando un modelo empieza a hacer agua y se hace inevitable aplicar políticas de "shock", sólo existe una fórmula para atenuar el impacto político: culpar a otro. Pero para hacer ese birlibirloque con algo de credibilidad, es indispensable un fuerte vínculo irracional entre el líder y el pueblo. El populismo latinoamericano ha vivido siempre de ese vínculo y ha apelado a él cada vez que ha tenido que aceptar una dosis de realidad con medidas que contradecían su discurso, eso que llaman "ajuste". El peronismo, la variante argentina del populismo latinoamericano, ha hecho tradicionalmente del drama la clave de dicho vínculo. Es lo que hemos visto sistemáticamente, desde que en 2010 la Presidenta enviudó. La trágica circunstancia que le tocó vivir con el fallecimiento de Néstor Kirchner, dejó rápidamente de ser un drama privado y personal para pasar a ser colectivo. Toda la puesta en escena del luto presidencial -incluyendo el hecho de que la mandataria se refiera constantemente a "El", como si fuese el guardián metafísico de su gobierno-, ha estado encaminada a reforzar el vínculo irracional entre la Casa Rosada y el pueblo argentino.
El episodio del cáncer que nunca fue expresa todo esto a cabalidad. Más allá de la farsa, la chapucería y la informalidad que muchos están viendo en lo sucedido esta semana con la salud presidencial, lo cierto es que existe una profunda razón política detrás del modus operandi que ese episodio reveló. El kirchnerismo sólo es viable en el contexto del naufragio paulatino del modelo, en el drama presidencial, en la suspensión del juicio crítico que sólo ese "pathos" aristotélico, es decir, el uso de los sentimientos para influir en el jurado que es la nación argentina, puede suministrar. El cáncer que nunca fue es poder porque es la Argentina.












