
Por Otto Martín Wolf
La Prensa, Tegucigalpa
Un reciente reportaje de la cadena televisiva CBS reveló las condiciones de prisioneros políticos y de conciencia norcoreanos. El llamado “Campamento 14” fue diseñado para enviar disidentes y, como si el pensamiento fuera un mal hereditario, sus descendientes también son condenados a pasar la vida entera en ese lugar. Ahí nacen, se reproducen y mueren.
Un joven que logró escapar, relata lo que fue su vida en el Campamento 14. Antes de los 25 años no supo que existía nada aparte de ese lugar, siempre creyó que todo era igual fuera y dentro de las alambradas. No supo que la tierra era redonda, ni que existía nada que no fueran centros de trabajo como el suyo, cuyas opresoras reglas tomó por normales.
Creció creyendo que esa era la forma de vida de todos los seres humanos.Su alimento consistió siempre en una mezcla de harina y repollo, nada más. Para ayudarse los prisioneros comen ratas e insectos. Su capacidad de protestar es restringida por dos medios: El primero la creencia de que todo el mundo es igual, que el orden dictatorial del campamento es lo normal, los cerebros son acondicionados desde el nacimiento. El fuerte castigo que se impone a los presos que se atreven a quejarse, el que incluye mutilación física y muerte es el segundo medio.Nunca supo que existían otros países como la vecina China, ni Corea del Sur, ni televisión, ni gente viviendo en familia.
Su madre y un hermano fueron acusados de sabotaje, cargo en el que también se le implicó.Como fue creado sin sentimientos familiares, declaró contra ellos sin importarle que fueran condenados a muerte, siempre creyendo que las leyes del campamento eran algo así como un inmutable mandato divino. Durante todo su encarcelamiento pasó hambre, todos los días, siempre.
Su mejor recuerdo –si es que pudiera tener alguno-- fue una vez que pudo comer un pedazo de pollo.Fue sólo hasta la fortuita llegada de un preso del exterior que pudo enterarse que existía otra clase de vida, todo aquello que para nosotros es normal, para él fue como la maravilla de saber la existencia de otro planeta.Logró escapar y, después de deambular clandestinamente por China durante casi un año, obtuvo asilo en la embajada de Corea del Sur en Shangai. Reside ahora en Seúl, donde aprendió a leer y escribir y a conocer la realidad del mundo fuera del Campamento 14.Lo anterior, que parece sacado de una película de ciencia ficción como La Isla (Scarlett Johannson e Ian McGregor) está ocurriendo actualmente, centenares de miles de seres humanos viven en la esclavitud en ese campamento y en otros similares a lo largo de Corea del Norte.Los horrores de una vida así no pueden ser entendidos por nosotros, que dentro de nuestras limitaciones disfrutamos de libertad.
¿Qué hace el mundo ante esa barbaridad? Nada. ¿Las Naciones Unidas? Nada.Todas las asociaciones protectoras de los Derechos Humanos guardan silencio cobarde ante la ignominia. ¿Por qué no se establece un boicot mundial para obligarlos a liberar a esa gente? ¿Por qué no se hace algo?Lo que ahí sucede es una vergüenza para todo ser humano, para usted y para mí.¿Qué podemos hacer nosotros? Quizá muy poco, pero es nuestro deber al menos divulgar lo que está ocurriendo, quizá así no sintamos la vergüenza de pertenecer a una raza capaz de hacerle eso a otros seres humanos.












