Por Gonzalo Zegarra Mulanovich
Semana Económica, Lima
Inmóvil, sin dientes, conformista, guardián del empate y celebrador de la inacción. Nostálgico de los noventas. Así califica el politólogo Alberto Vergara, en Poder, al liberalismo que según él yo represento, a raíz de que cuando critiqué la mentalidad de quienes ponen baños de mujeres y baños para nanas (SE 1337), no abogué por una prohibición legal de tal conducta.
Eduardo Dargent comentó en Diario16 esa misma columna mía, resaltando mi sensibilidad. Pero la sensibilidad no es fuente de Derecho; ahí radica la incomprensión de Vergara sobre mi posición. Un liberal no debe olvidar jamás que toda intervención legal es, en última instancia, un recurso al uso de la fuerza. El estatal monopolio de su uso legítimo implica que sólo debería ser ley aquello que estamos dispuestos a exigir, en el extremo –ante un incumplimiento deliberado– pistola en mano, y hasta disparando.
No califican, pues, las preferencias morales, estéticas ni sentimentales. Éstas son contingentes y cambiantes: no se pueden volver ley. Hay que ser muy autocomplaciente para exigir que todo aquello que a uno le gusta, desde el cine hasta la paridad de género, sea impuesto por ley, o sea, por la fuerza. Y es que no se pueden confundir las intenciones subjetivas con los fines del Estado. Ni las políticas públicas con el afecto ni la envidia. Cuando un individuo falla como consumidor no puede ser “salvado” por un individuo exactamente igual de falible, sólo que con sombrero de legislador o burócrata, ni por el consenso mayoritario, que no es más que la suma de muchas voluntades igualmente inclinadas al error. El estatismo, cualquiera sea su intensidad, asume que todos los individuos, o la mayoría de ellos, son estúpidos o malvados. Que el éxito es producto de las malas artes; y el fracaso, de una irremontable incapacidad (cuando en realidad es el motor del éxito, por la vía del ensayo-error). No soy capaz de semejante arrogancia (acaso sí de otras). Soy liberal porque mejor es convencer que imponer. Porque confío en el ser humano. No se puede amar el conocimiento desde la misantropía, que es el odio a nuestra especie, la única capaz de conocer gracias a la razón.
Sin embargo, tanto las izquierdas como las derechas estatistas se apartan de la razón y pretenden la imposición de sentimientos. De la compasión el socialismo; del nacionalismo y la fe, el conservadurismo. Pero los sentimientos nunca se podrán imponer, no importa lo que diga la ley (SE 1238). Y en cambio la ley sí puede mejorar el diseño institucional, algo que Vergara acusa a “mi” liberalismo de subestimar, engatusado por el crecimiento económico. “Su hora ha pasado largamente”, agrega. Pero si algún tema es recurrente en esta columna es precisamente la necesidad de mejoras institucionales (SE 1198, 1256, 1266, 1328, 1330, 1346).
De manera que el liberalismo que critica Vergara en mí no es antipolítico, ni nostálgico de los noventas –lo que equivaldría a ser nostálgico de Fujimori, que de liberal tiene tanto como Denxiaoping–. Mi liberalismo no es economicista (al estilo de la escuela de Chicago) y ni siquiera filosófico (al estilo austríaco). Es antropológico. Se sustenta en la naturaleza de la especie. Le debe más a la modernidad racionalista inspirada por Aristóteles, Tomás de Aquino y Locke, que a las especulaciones de Descartes y a las intuiciones de Kant.












