Por Maximiliano Tomas
Hace muy pocos años, con la aparición fulgurante del libro electrónico, comenzó a pensarse cómo sería la nueva comercialización de contenidos de lectura. Entre otras dudas y desafíos, surgió el de saber cómo venderán las librerías los textos digitales. Algunas de las alternativas barajadas por entonces suenan hoy entre irrisorias e ingenuas: instalar terminales de descargas en los locales, por ejemplo. Desde entonces, las disputas comerciales estallaron, entre ellas la que enfrenta en los Estados Unidos a dos gigantes: la tradicional cadena Barnes & Noble y Amazon.
Es cierto que hay librerías que se reconvirtieron, en mayor o menor medida, adelantándose a estos cambios. En la Argentina, la cadena Yenny-El Ateneo diversificó su oferta de productos (discos y películas además de libros), construyó espacios que funcionan como una atracción en sí misma (la librería Grand Splendid de Santa Fe y Callao por ejemplo, que figura en todas las guías turísticas de Buenos Aires), y abrió la posibilidad de que los visitantes pudieran hojear los libros antes de comprarlos, en espacios diseñados especialmente para ello. Otras tiendas más pequeñas y especializadas, como Libros del Pasaje o Crack Up, incorporaron bares a la tienda y suelen ser sede de presentaciones de libros y conferencias. Eterna Cadencia (que a los pocos años de su apertura se convirtió también en una editorial) hizo lo mismo, pasó a ser en poco tiempo un punto de encuentro obligado para escritores y lectores, y funciona hoy casi como una especie de centro cultural. En Madrid, una librería como Tipos Infames no sólo ofrece una cuidada selección de títulos, sino que además le da una importancia fundamental a la venta de vinos, tanto como para incorporarlo a su lema: "libros y vinos". Y el nuevo e inmenso local de la cadena La Central en Callao (también en Madrid) se presenta como un espacio con tiendas de objetos, un café-restaurante y un bar o coctelería incorporado en el subsuelo.
Nadie duda hoy de que los textos van a seguir existiendo (y hasta los más apocalípticos auguran una larga convivencia entre los libros de papel y los digitales), al igual que la gente que escriba y publique. Las editoriales, si terminan por adaptarse a los tiempos que corren, seguirán siendo quienes construyan catálogos y colecciones, den visibilidad a los autores o los prestigien (ya sean las multinacionales o las independientes) con la marca de sus sellos. Pero para los intermediarios, es decir, para las librerías, el futuro se está volviendo algo incierto. Las de usados, de saldo o para coleccionistas sobrevivirán. Pero las tradicionales, como las conocemos hasta ahora, se enfrentan a una situación compleja: la peor amenaza es seguir el destino de los videoclubes y las tiendas de discos, casi extinguidas. ¿Será sólo una cuestión de cambiar el modelo de negocio o deberán encarar transformaciones más profundas?.












