Por Alvaro Vargas Llosa
Una regla no escrita de la política estadounidense dice que los presidentes dejan para su segundo período aquello que, por ser controversial, podría comprometer su reelección en caso de llevarlo a cabo en el primero. No siempre se cumple pero es cierto que, una vez despojados del miedo a no ser reelectos, los mandatarios suelen arriesgarse más cuando ya no tienen nada que perder.
George W. Bush procuró, pero no pudo, privatizar la Seguridad Social sólo después de ser reelecto, en 2004. Había hablado de ella desde 2001, pero esperó al segundo tiempo para intentarlo. Lo mismo pasó con su propuesta de reforma migratoria, que tampoco tuvo eco en el Congreso.
La mayor reforma de Bill Clinton -la que limitó la asistencia social y lo convirtió a él en paradigma del político centrista que abandona viejas querencias socializantes- se dio en su segundo gobierno. Aunque jugó un papel clave el Congreso republicano que tenía enfrente, para entonces Clinton ya había abrazado esa reforma y moderado mucho sus ideas económicas. Se abocó con pasión a esa ley.
Otro caso es el de Ronald Reagan, que debió esperar al segundo período para su reforma migratoria (legalizó a 3 millones de indocumentados) y su reforma de simplificación del código tributario.
Las nominaciones del Presidente Obama para los cargos clave, de cara a su segundo período, nos dicen a las claras que este mandatario quiere empeñar su capital político en causas controversiales. En su primer gobierno sacrificó muchas cosas para poner el énfasis en la reforma de la sanidad. Ahora parece querer retomarlas.
En política doméstica, en principio, busca tres cosas. En lo fiscal, impedir una reducción de gastos como la que tratará de forzar un Congreso en el que los republicanos controlan la Cámara de Representantes, aumentar los impuestos a los que más ganan y mantener los subsidios a diversos sectores de la economía. En materia de tenencia de armas, poner límites que el lobby de la Asociación Nacional del Rifle y un gran sector del país rechazan. Y en cuanto a la inmigración, hacer la reforma que había prometido en 2008 y no hizo en su primer gobierno.
En política exterior y de seguridad, mientras tanto, su propósito apunta a un cierto repliegue militar, un recorte de los gastos de la Defensa, una mayor presión a Israel en relación con Palestina y un renovado esfuerzo de diálogo con “regímenes paria” para contenerlos.
Nada de esto está garantizado, como no lo está siquiera la confirmación de sus colaboradores en el Senado. Pero las señales que ha enviado el Presidente son notorias.
Veamos primero la política doméstica. La nominación reveladora es la de Jacob Lew (le dicen Jack), hasta hace poco jefe de gabinete de Obama, como secretario del Tesoro. A diferencia de los últimos dos ocupantes del cargo, Lew no tiene nada que ver con Wall Street ni el mundo de las grandes corporaciones (sí tuvo un paso breve por Citigroup). Su vocación son los números presupuestarios y las batallas en el Congreso. A Obama le gusta ascender a cargos de Estado a personas de su entorno directo. Lew es hoy parte del núcleo íntimo en la Casa Blanca, gracias a que impresionó al presidente como jefe de la oficina que se ocupaba de los temas presupuestarios. Su lucha con los republicanos para aumentar el techo de la deuda en 2011 llamó mucho la atención de un Obama que sabe que dentro de dos meses tendrá que enfrentarse al enemigo una vez más, pues para entonces, el Tesoro necesitará un nuevo aumento del techo de la deuda.
Normalmente, los asuntos presupuestarios carecen de “sex appeal” para la prensa internacional. Hoy pocas cosas son más importantes para el mundo que las luchas políticas en torno al tema fiscal en Estados Unidos. La deuda norteamericana ha llegado a 16,4 billones de dólares y desde hace cinco años el déficit fiscal supera el billón de dólares anuales, lo que quiere decir que la cuarta parte del presupuesto federal está desfinanciado. Esto, en un país cuya moneda es de curso mundial y cuya deuda acumulan países como China, Japón y el Reino Unido, que esperan como acreedores que los papeles que hoy atesoran sean creíbles. Aumentar o no el techo de la deuda y más ampliamente, cerrar la brecha fiscal, es pues un asunto de implicaciones planetarias, no un oscuro tema interno.
La nominación de Lew sugiere que Obama no va a ceder ante los republicanos y les va a plantear la madre de todas las batallas cuando, en marzo, haya que volver a negociar el techo de la deuda y los recortes fiscales (esto último fue aplazado en el acuerdo reciente para evitar el “precipicio fiscal”, que se centró en subir impuestos para recaudar 620 mil millones de dólares adicionales en 10 años). El presidente quiere proteger las grandes prestaciones sociales de ley y los programas de subsidio que los republicanos pretenden recortar o reformar, y subir más impuestos a los ricos (en el acuerdo reciente se los subió a las parejas que ganan más de 450 mil dólares al año, pero el verdadero objetivo es hacerlo a quienes ganen más de 250 mil). El presidente viene con espíritu de lucha en materia fiscal.
En los otros dos asuntos de política interna -la tenencia de armas y la inmigra- ción-, Obama afronta obstáculos no menos exigentes.
En el primer caso, ha decidido que el clima creado en el país por la sucesión de matanzas -la última de ellas, la del colegio Sandy Hook en Newtown, Connecticut- permite retomar una vieja aspiración demócrata. Para ello será determinante su vicepresidente, Joe Biden. Fue Biden quien logró en tiempos de Clinton una ley que limitó por 10 años la tenencia de armas de alcance militar. Pero esa ley expiró en 2004 y no ha podido ser resucitada. Obama cree que, al igual que en asuntos valóricos, el clima social ha ido cambiando. Newtown fue la gota que colmó el vaso. De allí que haya dado luz verde a Biden para fajarse con el “lobby” pro armas, incluso antes de juramentar el cargo para su segundo período. El presidente ha llegado a amenazar con hacer la reforma por la vía de una orden ejecutiva (un decreto) y no una ley, disparando con ello una reacción republicana furibunda, que acusa a la Casa Blanca de violar la Constitución.
En el caso de la reforma migratoria, Obama ya ha advertido que hará la propuesta. De las tres grandes cuestiones en juego en política doméstica, esta es quizá la que tiene más posibilidades de éxito sin un trauma político. Porque lo cierto es que cunde entre los republicanos la idea de que su postura migratoria ha sido causa de una erosión electoral que compromete seriamente sus posibilidades de volver a la Casa Blanca. La división republicana amortiguará el golpe que pueda recibir Obama por esto.
En política exterior y de seguridad, las cosas tienen una alta carga voltaica. Se trata nada menos que de la posibilidad de que Obama rompa, ahora sí, con la herencia de Bush. Durante los últimos cuatro años, había sido en lo esencial un continuador del predecesor cuya política exterior tanto criticó. Las nominaciones de John Kerry en el Departamento de Estado (luego de verse obligado a abandonar a su candidata inicial, Susan Rice, de la misma línea que Kerry, por el riesgo de que no fuera confirmada en el Senado) y de Chuck Hagel en Defensa así lo indican.
Aunque Kerry es muy cercano a Hillary Clinton, sus perfiles son muy distintos. Los Clinton criticaron mucho a Obama en las primarias demócratas de 2008, por considerar que su política exterior y de Defensa se apartaría del consenso nacional. Kerry, detractor pertinaz de Bush, en cambio, estaba en la misma longitud de onda que Obama. Atacó la ocupación de Irak, pidió la retirada de Afganistán (aunque prudente, como la pedía Obama) y apoyó la idea de tratar con regímenes enemigos.
Quizá más elocuente aún es la nominación de Chuck Hagel para la jefatura del Pentágono, pues la política exterior de Estados Unidos es indisociable de la política de seguridad. Se trata de un “republicano a lo Eisenhower”, lo que en seguridad nacional significa evitar todas las guerras que sea posible evitar porque, en caso extremo, la única forma de conducirlas es no atar de manos a los soldados. Lo que los republicanos que dominan el partido no perdonan a Hagel, un ex combatiente de Vietnam condecorado, es haberse opuesto a la ocupación de Irak, pretender reducir el presupuesto del Pentágono, estar en contra de un ataque militar a Irán y ser un crítico del gobierno israelí en la cuestión palestina, por considerar que Netanyahu no favorece la coexistencia de dos estados.
Estas posturas eran las de Obama en 2008. Pero las circunstancias obligaron al mandatario a poner a Hillary Clinton en el Departamento de Estado y mantener a Robert Gates buen tiempo en el Pentágono, y a adoptar una línea más dura. De allí que, en lugar de ordenar la salida de las tropas de Irak en 16 meses, adoptara el calendario de George W. Bush; aumentara en 30.000 soldados la presencia en Afganistán y anunciara luego una salida en cámara lenta que implicará dejar tropas en un rol de soporte más allá de 2014, o que haya hecho un uso cinco veces mayor que Bush de aviones no tripulados contra el terrorismo, método controvertido por el número de víctimas civiles que acarrea (política, dicho sea de paso, que se debe en gran medida al asesor antiterrorista John Brennan, a quien Obama ha nominado ahora como jefe de la CIA). En cuanto a Israel, Obama no ha tenido más remedio que apoyar todo lo que Tel Aviv ha hecho (permitiéndose discretas críticas puntuales) y oponerse, además, a la condición de “Estado observador” de Palestina en Naciones Unidas.
Nominar a Hagel encierra, además de elementos de provocación, un mensaje político de regreso a las raíces.
No sabemos a estas alturas si Obama seguirá la línea que esa nominación encarna. Ello implicaría muchas cosas polémicas, como negociaciones más directas con Irán que las multilaterales actualmente interrumpidas; una presión real a Israel para que detenga la expansión de los asentamientos en los territorios ocupados y se entienda con el gobierno de Mahmud Abbas, y una muy controversial reducción del presupuesto militar, que en los últimos 11 años se ha casi duplicado (en 2012, la cifra de base fue 530 mil millones de dólares). Pero sí sabemos que estas son las convicciones íntimas de Obama (hasta que llegó a la Presidencia las expresó continuamente) y que ellas tienen en Hagel a un baluarte.
Hagel tendrá que matizar sus posturas para lograr la confirmación. De igual modo, ha tenido que retractarse de una declaración antigua con aires de homofobia, para neutralizar a sus críticos de izquierda (menos numerosos que los de derecha). Pero su entraña es la de un “republicano a lo Eisenhower”, etiqueta que en algún momento de 2008 se puso al propio Obama.
Todo esto configura un cuadro que todavía no está pintado y en la política estadounidense -una democracia con tantos contrapesos que ningún presidente tiene asegurados sus propósitos más entusiastas- lo mejor es hacer pocos pronósticos. Una cosa, sin embargo, parece clara. Se vienen cuatro años tan interesantes o más que los anteriores.












